Arena, sol y relax en la Dune du Pilat

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Un grano, dos granos, tres granos…

El día que dejamos atrás Labouheyre y nos despedimos de Danièle, nos dirigíamos a uno de los lugares más sorprendentes de Francia, al menos para nosotros.

Prácticamente hasta unas semanas antes de comenzar nuestro viaje, mientras intentábamos delimitar un poco las zonas de Francia por las que íbamos a movernos, fue cuando descubrimos que no muy lejos de Burdeos hay una gran extensión de arena, la Dune du Pilat (o Pyla).

Pero no es sólo una pila de arena (como su propio nombre indica) si no que es la más alta de Europa. Y siempre en constante movimiento, adentrándose cada vez más hacia el bosque aunque del otro lado sufre la erosión de manos del mar.

Nada más llegar, con la duna al frente pero resguardados en las sombras del pinar, extendimos nuestros pareos-toallas y nos sentamos a disfrutar de un improvisado picnic con la baguette y la rillette con las que nos había obsequiado Danièle.

Entre bocado y bocado mirábamos atentos las subidas y bajadas de niños y adultos, que volvían a ser niños por un rato, por la empinada ladera de arena.

Una vez habíamos repuesto fuerzas, decidimos que era hora de comenzar a vivir la duna.

Hicimos un poco de trampa y para la subida usamos la escalinata en lugar de hundirnos hasta las rodillas. Ya habría tiempo para eso…

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Como dos niños chicos con zapatos nuevos.

Una vez arriba, y con una sonrisa permanente en nuestras caras, no sabíamos hacia donde mirar. ¿Hacia la Bahía de Arcachon y a todas las embarcaciones que navegaban por allí?

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2,7 km de paisaje ondulante.

¿O, tal vez, deberíamos seguir con la mirada la zigzagueante cresta de la duna para ver si conseguíamos divisar el final de la misma?

Lo cierto es que miráramos hacia donde miráramos la panorámica siempre era preciosa, de eso no cabía duda. Y claro, pues nos pusimos a capturar instantes con la cámara. Que si “ponte así”, que si “ponte asao”, que si “saca eso” o “saca lo otro”…

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Poniéndome “así” y “asao”.

Pasado el primer “instinto” de querer llevarnos a casa cada imagen que atravesaba nuestras retinas, nos sentamos únicamente a disfrutar, sin prisas y sin “tenemos que”. Observamos cada rincón de esta maravilla de la naturaleza, percibimos ese olor característico del mar que la brisa nos traía, tocamos y jugamos con unos cuantos de esos granos de arena que forman parte de algo tan extraordinario… en definitiva, nos dedicamos a, simplemente, “estar allí”.

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Contemplando la bahía.

Habíamos ido con la idea de cruzar la duna (por su ancho) para llegar a la playa que hay al otro lado. Y, aunque estuvimos a punto de arrepentirnos pensando en la vuelta, finalmente nos decidimos a hacerlo. Total, teníamos el resto del día para subir.

Obviamente, en bajar no tardamos casi nada, ya que se coge una carrerilla…

En la playa, extendimos de nuevo nuestros pareos-toallas, soltamos nuestras mochilas, nos pusimos nuestros respectivos trajes de baño y ¡al agua, patos!

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Preparado para el chapuzón.

Creo que nunca nos había sentado tan bien un baño, pero después del calor que habíamos pasado en lo alto de la duna, estar refrescándonos en una playa de aguas cristalinas como aquella y de tan difícil acceso era un lujo.

No sé el rato que estuvimos dentro del agua pero creo que solamente salimos de ella para satisfacer otra necesidad primaria del momento: comer. Así que volvimos a sacar los manjares franceses… A la comida le siguió una siesta y para cuando quisimos darnos cuenta era hora de emprender el camino de vuelta.

Ver la montaña de arena que teníamos que “escalar” impresionaba, y eso que desde allí abajo no se veía toda su altura gracias a las “arrugas” que forma. Pero eso entonces yo (Ana), no lo sabía, aunque creo que fue mejor.

Comenzamos el ascenso y “bueno, pues no cuesta tanto, no?” Creo que mi voz positiva quería hacer callar a la negativa que me decía que no iba a ser capaz de llegar a la cresta de la duna. ¡Si ni siquiera me veía capaz de sortear la primera “arruga”!

Veía como Jaime avanzaba sin prisa pero sin pausa y yo me desesperaba porque la distancia entre él y yo era cada vez mayor.

“Bueno, -me decía a mí misma- no tenemos prisa. Lo haremos poco a poco”. Pero hacía tanto calor, que yo misma me desdecía: “No puedo tardar mucho tampoco porque me deshidrataré y quemaré con el sol”.

No recuerdo ni cómo llegamos a la mitad del camino. Lo que sí recuerdo es que comenzamos a ver decenas de parapentes sobrevolando la duna. ¡Qué espectáculo más maravilloso! Admiro a las personas que son capaces de hacerlo. Creo que yo nunca sería capaz. ¡Tengo tanto vértigo!…

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“Pájaros humanos”.

Paramos un rato a disfrutar de su vuelo (y de paso hicimos algunas fotos) mientras bebíamos, nos reponíamos un poco y Jaime me animaba con que quedaba muy poco (como si no supiera que me mentía).

Finalmente, después de varias quejas, suspiros y muchos pasos hundiéndonos hasta las rodillas conseguimos llegar de nuevo a la cresta, dónde volvimos a sentarnos a contemplar ese maravilloso paisaje formado por la Dune du Pilat y la Bahía de Arcachon.

El esfuerzo había merecido la pena.

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7 comentarios en “Arena, sol y relax en la Dune du Pilat

  1. Puff!! qué valientes el haber bajado hasta la playa!! Yo cuando estuve me dio tal pereza que me quedé en la cresta… También es verdad que era octubre y aunque hacía solecito, el tiempo no estaba para darse un chapuzón en las aguas del Atlántico!!!
    Saludos

  2. Pingback: Saint-Émilion, vino y macarons | Instantes en la retina

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