Toulouse: una ciudad viva

Atardecer en La Garonne

Atardecer en La Garonne

Viendo el buen resultado que nos dio ir a paso lento, nos planteamos la visita a Toulouse de manera relajada. Lo que más nos ayudó a este “cambio de chip turista” fue tener nuestra primera experiencia couchsurfing en casa de Romain. (Por si no sabes qué es, se trata de una red social a través de la cual algunas personas se ofrecen para acoger visitantes que están de paso por su ciudad de manera desinteresada. Contamos más sobre couchsurfing aquí).

Después de mandar algunas solicitudes de couchsurfing a personas de Toulouse, recibimos una invitación de Romain, que había visto que estábamos buscando anfitrión en su ciudad. Nos dijo que como allí todo el mundo tiene tarifa plana de móvil, le pidiéramos a alguien su teléfono para avisarle una vez que hubiéramos llegado y ahorrarnos el dinero de la llamada. Y aunque nos costó un poco superar el primer momento de vergüenza, le pedimos el teléfono a un amable obrero que estaba trabajando en un local cercano. Seguramente este primer paso “fuera de nuestra zona de confort” nos hizo más fácil y natural quedarnos a dormir en casa de un desconocido, por muy buenas referencias que tuviera en la web de couchsurfing.

Buzones en chez Romain

Buzones en chez Romain

Tras presentarnos a sus compañeros de piso, nos enseñó nuestra habitación, no apta para personas con vértigo ni con tendencia a caminar erguido. Era una buhardilla a la que se accedía mediante una escalera de mano. Aunque parezca un poco chocante al principio, estuvimos muy a gusto allí, ya que estaba en un extremo del apartamento y al lado del baño, por lo que nos daba bastante independencia. De hecho, Romain nos ofreció bajar el colchón a otra habitación, pero preferimos quedarnos en nuestra buhardilla, intentando acordarnos de no “dejarnos los cuernos” con el techo (obviamente Jaime se olvidó de esta parte un par de veces).

Una vez instalados, decidimos ir a hacer la compra para preparar una tortilla de patatas con la idea de compartirla con nuestro anfitrión y conocernos un poco más. Sin embargo, Romain nos dijo que lo sentía pero no iba a poder estar mucho tiempo con nosotros por culpa de su trabajo. Y para facilitarnos nuestra estancia, nos dio las llaves del apartamento, por lo que tuvimos completa libertad para planificarnos aquellos días en Toulouse. Por nuestra parte, preparamos igualmente otra tortilla para que la disfrutara cuando pudiera. Nos ganamos con humor su comentario de “Míralos. Cómo se ve que son españoles. Acaban de llegar y ya están haciendo una tortilla de patatas”. Él también dio muestra de su nacionalidad al insistir en que le aceptáramos una botella de vino para acompañar nuestra cena de aquel día.

Cena

Cena “de lujo” en pleno centro de Toulouse

Aquella tarde aprovechamos para dar un pequeño paseo y empezar a tomarle el pulso a la ciudad. Como nos había contado nuestro anfitrión, Toulouse es una ciudad cosmopolita y llena de vida. Vimos muchos bares y restaurantes repletos de grupos de amigos, mucha gente joven y también mayor, parejas, familias… Nos llamó mucho la atención tal cantidad de gente, especialmente después de los últimos días de visitar pueblecitos pequeños.

Al día siguiente echamos unos bocadillos de tortilla de patatas a la mochila y nos dispusimos a seguir descubriendo Toulouse.

Primera parada: la catedral de St. Etienne, donde Jaime se fue como siempre con su trípode a hacer “fotos de iglesias” mientras Ana descansaba en un banco aprovechando el fresquito de las iglesias francesas. En este viaje descubrimos que usar el trípode hace que la gente tenga más reparos a la hora de ponerse enmedio.

Al llegar a la Place Wilson buscamos un banco a la sombra (nos costó un poco) para comernos nuestros súper-bocatas, levantando algunas envidias disimuladas entre los vecinos de Toulouse. Una vez más, la vida de la concurrida plaza le restaba protagonismo al patrimonio monumental de la ciudad.

Mientras estábamos en aquel banco, nos ocurrió una curiosa anécdota. Una chica que hablaba por el móvil se sentó junto a Ana y, cuando colgó al cabo de un rato, se dirigió a ella en francés para disculparse por haberse sentado allí sin saludar. Ana, sorprendida de que alguien a estas alturas de siglo se estuviese disculpando por aquello, y dudando de si había entendido bien, le agradeció el gesto medio en inglés medio por señas.

Tras despedirnos de nuestra compañera de banco, fuimos a ver qué pinta tenía el Capitolio a la luz del día. En los jardines cercanos, muchas familias con niños disfrutaban de la zona de juegos y aprovechaban hasta las fuentes para refrescarse.

En estos mismos jardines, Ana quedó encantada con la escultura “Maternité” de Jean-Louis Toutain. Si a tí también te gusta, puedes ver más sobre la obra escultórica y pictórica de este autor en su web.

Para terminar la visita turística “obligatoria” de Toulouse, nos dirigimos a la Basílica de Saint Sernin, parando primero a contemplar los frescos del techo de la Chapelle des Carmélites. En todo el camino hasta la Basílica no tuvimos mucha más compañía que el calor veraniego. Al llegar allí nos encontramos a los demás turistas resguardándose “al fresco”. Los vecinos de la ciudad estaban seguramente disfrutando de nuestro destino de la tarde-noche.

A la orilla del río Garonne, los habitantes de Toulouse se habían escapado de los turistas para disfrutar de Toulouse Plages: una serie de actividades deportivas, lúdicas y musicales que se ofrecen de forma gratuita.

Vistas de la Dôme de la Grave y del Pont St-Pierre desde el Pont Neuf

Vistas de la Dôme de la Grave y del Pont St-Pierre desde el Pont Neuf

Después de disfrutar de un rato de relax en las tumbonas que había instaladas junto al río, nos dispusimos, cámara en ristre, a retratar esa otra parte de la vida de la ciudad.

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Una de las cosas que más nos llamó la atención acerca de las actividades que se organizaban, era que la equipación necesaria (raquetas, pelotas, canoas, etc.) se podía pedir prestada allí mismo. ¡Así da gusto! También había gente que iba a hacer deporte por su cuenta en esa zona de la ciudad.

Acostumbrados a que en España el sinónimo de “petanca” sea “jubilado”, nos sorprendió, y gratamente, ver todo el bulevar Cours Dillon lleno de grupos de gente joven practicando este deporte, aprovechando siempre para socializar y vaciar alguna que otra lata de cerveza.

En Francia, los conciertos acaban a su hora. Lo pudimos comprobar cuando llegamos con el tiempo “justito” al que había programado en el Quai de la Dourade. Intentaremos la próxima vez no distraernos viendo jugar a la petanca.

Pero aquí no se acababa la diversión. Al caer la tarde, la ribera se llenaba de grupos de amigos que iban a compartir algún bocata, música techno y mucha mucha conversación. Imposible aburrirse en una ciudad tan viva como Toulouse.

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Un comentario en “Toulouse: una ciudad viva

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